miércoles, julio 26, 2006

Antonio Lobo Antunes

…quiero un hilo que me conduzca al centro de la vida y traer a la superficie todo lo que existe ahí dentro, quiero el corazón del mundo, no quiero entretener a los que las compran, no quiero divertirlos, no quiero divertirme, quiero lo que reside en el interior de lo interior, donde están las personas y nosotros con ellas, transformar en letras lo que no tiene letra alguna, quiero seguir un pasito leve en un corredor que no sé dónde queda, no exactamente un pasito, el eco de un pasito que ha de volverse pasito si continúo con él, que ha de ganar carne y ojos y llevarme consigo, quiero respirar con él, quiero que nos quedemos juntos, quiero que el pasito sea mi pasito y el corredor mi corredor, que la carne y los ojos se conviertan en mi carne y en mis ojos, quiero ese libro que aún no ha comenzado, pero que a fuerza de obstinación y orgullo y paciencia se volverá mío, sin escribirlos, claro, ya no caigo en esa trampa, dejándolo salir como el agua que se derrama y encuentra su curso en las junturas de las tablas del suelo y no es mi libro, dado que no me pertenece ningún libro con mi nombre, los libros deberían llevar el nombre del lector, no del autor, en la cubierta, es el lector quien le da sentido a medida que lee, es al lector a quien le pertenece la voz, y no sólo la voz, la carne y los ojos y el corredor y el paso, y el lector está solo y es inmenso, el lector contiene en sí el mundo entero desde el principio del mundo, y su pasado y su presente y su futuro, y se escucha a sí mismo y siente el peso de cada víscera, de cada célula, de cada íntimo rumor, el lector no para de crecer y ya no necesita ni el libro ni a mí, y al acabar el libro comienza, y al guardar el libro en el estante el libro continúa y el lector continúa con él, cada célula se divide en millares de células y el lector es muchos, y el lector deja de leer porque no está leyendo, aunque piense que está leyendo no está leyendo nada en absoluto, tiene todas las edades al mismo tiempo y todos los tiempos de su vida aunque el libro esté cerrado en algún rincón de la casa y el lector no lo necesite para continuar con él y ahora me vienen a la cabeza las semillitas sin peso que en el verano de cuando éramos pequeños entraban volando por la ventana, volvían a salir, desaparecían y, aun desaparecidas, seguían con nosotros llevando de la mano recuerdos y esperanzas y alguien que cantaba…

jueves, julio 13, 2006

Se escribe

Se escribe

Yo es otro
Rimbaud

¿Quién escribe? ¿Quién mancha el silencio? ¿Dónde está la fuente de tanta tinta significativa?¿De dónde proviene la unidad de todo lo escrito? ¿Son los autores meros instrumentos de un plan preconcebido? ¿Detrás del caos de tantas palabras juntas hilvanadas por una gramática, existe un proyecto semántico universal de sentido? ¿O quizás todo sea un caos ordenado por el lector?
Todas estas preguntas, en definitiva, se puede resumir en una sola pregunta: ¿Dónde está el autor? Esta pregunta de importancia primigenia para la escritura, fue respondida por Foucault en su artículo ¿Qué es un autor?, (recurriendo a un personaje de Beckett), con otra pregunta: ¿Qué importa quién escribe? En esta indiferencia se encierra el principio ético por excelencia, no sólo de la escritura contemporánea, sino de la esencia humana.
Para Foucault la escritura “es un juego de signos ordenado no tanto por su contenido significado como por la naturaleza misma del significante: pero también que esta irregularidad de la escritura se experimenta siempre del lado de sus límites, siempre está transgrediendo e invirtiendo esta regularidad que acepta y a la cual juega; la escritura se despliega como un juego que infaliblemente va siempre más allá de sus reglas”
El oído es nuestra primera apertura al lenguaje. El escucha se somete a la intempestiva comunicación, a la elocución, al ritmo, del narrador, sin poder volver para revisar el contenido de la narración. Qué pasa cuando identificamos al escucha con el narrador, cuando hablamos con nosotros mismos. Nuestra conciencia tiene un principio en el escucha de nuestra propia narración. Fuimos narradores orales, escuchas de nuestra propia creación.
Con la palabra oral el yo era presente, era el aquí y el ahora. El autor modulaba la palabra in situ. La escritura, la voz callada de Derrida, al permitir fijar la palabra y el pensamiento, crea la esperanza de un orden, le da continuidad y coherencia donde solo había la fluidez del discurso en un espacio caótico. Pero al mismo tiempo desaparece la inmediatez del autor.
Roland Barthes, el famoso asesino de autores, insiste en que lo que existen son los textos y no los autores, “que un texto no es una línea de palabras de la que se desprende un solo sentido sino un espacio multidimensional en el que una diversidad de escrituras, ninguna de ellas original, se mezclan y chocan entre sí”. Barthes afirma que un autor no existe a priori y fuera del lenguaje, es decir es la escritura la que hace al autor y no viceversa: “La escritura destruye toda voz, todo punto de origen. La escritura es ese espacio neutral, compuesto y oblicuo donde nuestro sujeto se escapa, el lado negativo donde toda identidad se desaparece, comenzando con la misma identidad del cuerpo que escribe.”
Palabras, palabras, palabras decía Hamlet. Y ¿Qué tiene que ver el mundo de las palabras con el mundo de la vida?
Italo Calvino en su libro de ensayos The literature machine indica que una obra de literatura podría definirse como una operación llevada a cabo en el lenguaje escrito y que envuelve, al mismo tiempo, varios niveles de realidad.
Escribo: “Italo escribe: “El señor Palomar de pie en la orilla mira una ola””. El "yo escribo" queda sobreentendido, es lo que Calvino llama el primer nivel de la realidad. Un segundo nivel de realidad lo constituye la escritura de Calvino, "Italo escribe" (en la novela Palomar), y un tercer nivel de realidad está representado por el mundo que habita el señor Palomar, la playa donde el señor Palomar observa, fenomenológicamente, las olas del mar.
Según Calvino: “La senda que hemos seguido —los niveles de realidad evocados por la literatura, toda la gama de velos y escudos— quizás podría extenderse hasta el infinito, quizás podría encontrar la nada. Así como hemos sido testigos de la desaparición del "yo", el sujeto primario del verbo "escribir", de la misma forma el objeto final nos elude. Y quizás sea en este campo de tensión entre un vacío y otro que la literatura multiplica las profundidades de la realidad en inexhaustivas formas y significados.”
La primera mitad de este siglo vivió la desaparición del "yo". La Nausée de Sartre, es un ejemplo de esta pérdida de identidad. Otros autores de este siglo como Musil y Camus también enfatizaron este vacío existencial. Calvino también vive esta tensión entre lo subjetivo y lo objetivo, que no es otra que la tensión de la imaginación, y nos habla del nuevo individualismo que se va acercando cada vez más a la pérdida completa del individuo en el mar de la objetividad.
Paul Ricoeur en What is text nos dice que “el libro divide el acto de escribir y el acto de leer en dos lados, entre los cuales no existe comunicación. El acto de escribir separa el escritor del lector: A veces me gusta decir que al leer un libro uno debe considerar que el autor ya esta muerto y el libro es póstumo”. La narrativa es una función intransitiva. Narrar es un verbo intransitivo. El significado es independiente del autor, el significado lo da el lector: El autor ha muerto, viva el lector.
El problema del sentido o la significación textual, o el problema de la hermenéutica, cuyo origen se pueden remontar a la interpretación de la palabra de Dios, ha oscilado entre la polaridad obra/autor y la polaridad escritura/lectura. De la crítica basada en el intentio auctoris, es decir la preponderancia de las intenciones pretextuales del autor a la hora de descifrar o interpretar el texto, a la intentio lectoris, donde prevalece la interpretación del lector, y podríamos decir que tenemos tantas interpretaciones o lecturas como lectores. De esta forma se ha pasado de la creencia unívoca de la intención del autor, la falacia intencional, a la semiosis ilimitada, caracterizada por la producción de sentido por parte del lector.
Un fragmento de escritura es una compleja red de significados culturales, una textura, un texto, y un texto nunca es una obra acabada, encerrada entre los márgenes de un libro, un texto es una red diferencial, una fábrica de trazos, un tejido, una textura, que se refiere ilimitadamente a otra cosa diferente a ella misma, a otros trazos diferenciales.
Para Paul de Man. la literatura no es una esencia sino una propiedad de los textos que poseen la propiedad de "literarios".Todo es literatura; ningún texto puede prescindir de la estructura retórica que la constituye. El texto poético pone de relieve que el signo (o apariencia) no puede coincidir jamás con lo que significa (o idea), o que el lenguaje no puede nombrar de forma inmediata al Ser: “Todo texto puede ser considerado desde esta doble perspectiva: como un sistema gramatical generativo, abierto por sus fines, no referencial, y como un sistema figurado clausurado por una significación trascendental que subvierte el código gramatical al que el texto debe su existencia”. El problema es que el nivel gramatical y el nivel retórico están en abierta contradicción entre ellos, de manera que en dicho conflicto se generan por lo menos dos significados (gramatical/figurado), entre los que resulta imposible decidir cuál de los dos prevalece, esta indecibilidad es a lo que Paul de Man denomina "retórica”.
De esta forma podríamos definir una ontología de la lectura: “Puesto que la retórica, al suspender la relación del texto con lo significado, crea infinitas posibilidades de aberración significativa, y puesto que toda crítica o interpretación se fundamenta en el hecho de seleccionar uno o varios planos significativos del texto entre los que supuestamente no existe conflicto, entonces dicha crítica ha de ser desfiguradora y ha de estar desconstruida de antemano por el propio texto que pretende analizar.”
Paul de Man concluye que en todo texto hay una abierta contradicción entre lo que ese texto dice (función constativa) y lo que ese texto hace (función performativa), entre el signo y su significado, entre el significado y la intención, entre la retórica como persuasión y la retórica como tropo- etc. Por consiguiente, "texto literario" es igual a “texto que se autodesconstruye”
Derrida, por su parte, asegura que la arbitrariedad del significante genera la inestabilidad de todo sentido de la escritura. El desconstruccionismo de Derrida trata de desestabilizar la creencia o el mito del significado fijo, y destaca el irreducible exceso del lenguaje, un juego sin fin que socava el sentido de todo texto y deja anclado en la ilusión todo sistema unitario.
Umberto Eco reacciona contra el excesivo y perverso uso de la semiosis ilimitada de los desconstruccionistas, que parecieran acabar con la misma posibilidad de sentido. Para muestra un botón, Derrida afirma: “Lo que el desconstruccionismo no es: Es todo, por supuesto. Lo que el desconstruccionismo es: Es nada, por supuesto”.
Eco trata una salida intermedia entre el intentio actoris y el intentio lectoris, y trata de limitar o restringir la posibilidad de interpretaciones de un texto recurriendo al intentio operis, la intención de la obra, del “ergon”. Sin embargo es difícil definir esta intención de la obra más allá de ser un punto intermedio entre la intención pretextual del autor y el libre juego interpretativo del lector. Su argumentación es la construcción de un lector modelo, es decir un lector que lee la obra en el sentido que la obra fue creada para ser leída, lo cual incluye la posibilidad de ser leído con múltiples interpretaciones.
Por otro lado Richard Rorty en representación del nuevo pragmatismo rechaza la distinción entre interpretación y uso. Aquí todo se reduce a propósitos y usos de los textos. Aunque Rorty acepta que no todos los textos y todos los propósitos sean iguales: “hay que valorar aquellos textos propensos a cambiar los propios propósitos, y así, a cambiar la propia vida”.
Aún el gran hermeneuta Gadamer, en El giro hermeneutico, enfatiza: “Allí donde la palabra es arte. es decir, literatura, no remite al autor o sus intenciones. Las cosas son mas bien al revés. Todo lector se encuentra sometido al dictado del poema y el texto.”
“El arte de la hermenéutica no consiste en aferrarse a lo que alguien ha dicho, sino en captar aquello que ha querido decir.” “Quien comprenda tiene que comprender de otra manera, si es que quiere llegar siquiera a comprender.”
Steiner nos dice en Gramáticas de la creación que estas son en ultima instancia las de logos en brazos de Eros. Las del intelecto formador y la de la psique bajo el dominio de Eros. Toda originalidad es polifónica. "A mi entender solo esta polifonía arroja alguna luz sobre la paradoja del anonimato firmado, de la colectividad de lo singular en el gran arte, en la música y en la literatura,"
Después de tantas palabras se pregunta ¿Dónde está el autor de esta escritura? Acaso juega al escondite en el laberinto poluto de esas mismas palabras. Escondido detrás de las manchas de tinta, entrelíneas.
Apenas un rumor, escuchemos ¿al autor?, mejor leamos: desde el momento en que escribí la primera línea, ha dejado de ser mía, ya no me veo a mí mismo, todo sucede a través de la escritura, el yo, el sujeto mismo, es una construcción discursiva, un efecto del lenguaje. Emulando a Barthes: “En el campo del sujeto, no hay referente. . . soy la historia que me sucede”
Ya el poeta John Keats nos había advertido que el poeta carecía de sustancia propia, que el verdadero poeta carecía de identidad. “Si por lo tanto el poeta no tiene ser en sí y yo soy un poeta, ¿qué hay de asombroso en que diga que voy a dejar de escribir para siempre?”.
Signifique quien pueda, lo demás es silencio.




Encore
"Si mi escritura fuera mero divertimento intelectual, lo dejaría y me pondría a hacer otra cosa. La técnica en el arte tiene el mismo valor que en el amor: la técnica sin pasión tiene su atractivo, el mismo que una cierta ineptitud apasionada. Lo que todos buscamos es «virtuosismo apasionado”"
John Barth

Tomado de "La lógica del caos" de José Ramón Ortiz